Ella, una joven refinada y de voluptuosa figura, lo amaba con pasión. Él, un fanfarrón empedernido, no le demostraba sus sentimientos por miedo a perder su rango de patrón. Se conocieron en un bar; a ella la atrajo su voz de tenor, que la hizo sentirse segura de sí misma y despertar en ella un remolino de emociones que hacía tiempo pensó haber perdido. Él la miró, la observó y luego con miedo casi paralizante, se acercó a ella y le habló:
―Me presento: mi nombre es Joaquín, soy el dueño de este lugar; ¿y usted, cómo se llama? ―utilizando al máximo su voz ronca y acercando su rostro al de ella.
―Mucho gusto, Joaquín. Mi nombre es Johanna ―contestó ella, sonrojada y nerviosa.
―Espero le guste el ambiente de este lugar; todo está supervisado por mí para que la atención sea perfecta ―agregó él, ya con actitud más seductora que al principio.
Johanna balanceó un poco su cuerpo sobre la silla, como tratando de levantarse de ella.
―El lugar es precioso, pero tengo que irme porque mi cita se canceló ―expresó, nerviosa e indecisa.
Inmediatamente, Joaquín la sostuvo del brazo.
―Disculpe, le quiero pedir que no se vaya, por favor; déjeme invitarle algo para beber ―exclamó sin soltar, ni por un instante, su brazo.
Tomaron varios tragos, conversaron durante horas de temas que a pocos les podrían interesar. Ambos encontraron en sus ojos inspiración. Ella encontró el amor; él su alma gemela que su ego nunca reconoció.
Pero… ¿quién soy yo para andar juzgando al ángel con flecha? Yo solo puedo contarles lo que percibí durante unos instantes, sentado a una de las mesas contiguas; tomando mi vaso de Walker con hielo y fumando un puro suave.
Al tiempo, cuando volví por la zona, un viejo amigo me confesó que “el cariño entre ellos se hizo más y más inmenso; a tal punto, que decidieron consolidar su relación con un simple y medieval acto de compromiso e ilusión”.
Por: Verónica L. Biech.
Narración realizada a partir de la observación de una historieta argentina.






