El primer día que vino a casa, a su nueva casa, trajo un bolsito de donde comenzó a sacar sus pertenencias, sus pequeñas cosas como diciendo: esto es mío, esto es lo que traigo del camino que ya he recorrido de mi ninez. Así comenzó el desafío de paternidad para esta familia.
Durante un embarazo, cuando se ve el crecimiento de la panza de la madre, las preguntas surgen por sí solas sobre el estado del bebé y la evolución de sus cambios son en forma gradual; se vive el momento a momento. Pero en el caso de la adopción, los interrogantes son muy fuertes, demasiado conmovedores y repentinos. Adoptar es también un crecimiento, pero más que nada una transformación espiritual; requiere de paciencia, de compresión y de respeto por el pasado de la persona que está por ser una parte nueva del círculo familiar.
Miriam y Carlos1 comenzaron sus trámites con una entidad privada ("ALAS" Fundación equipo de adopción). Tuvieron que juntar una serie de antecedentes: un estudio psicológico que constó de dos o tres sesiones, un informe ambiental, documentos, certificado de trabajo, de residencia, antecedentes penales, etc. Esto conformó una carpeta que distribuyeron en juzgados de menores de Buenos Aires y del resto de las provincias argentinas. En algunos casos las instituciones son las que se encargan de distribuir las carpetas, pero otras aconsejan que la pareja las lleve personalmente y eso fue lo que hicieron Miriam y Carlos.
Cuando iniciaron la búsqueda por las provincias, en algunas se encontraron con el registro cerrado, en otras les dijeron que la prioridad la tenían los lugarenos o que, según el registro de 1999, se habían entregado sólo dos chicos en adopción, por lo tanto iban a tener muy pocas posibilidades de adoptar a alguien. Entre tantas averiguaciones y juzgados recorridos descubrieron que debían inscribirse en el Consejo del Menor para que su carpeta fuera aceptada en todos lados. En marzo de 2004 comenzaron una nueva carpeta, con todo el trabajo que esto implicaba.
A fines de ese mes los llamó un juez de Buenos Aires para comunicarles que había un chiquito para adoptar pero con más edad de la que ellos habían pedido. Tras muchas dudas, inseguridad e incertidumbre lo aceptaron. En los días siguientes un asistente social los visitó para ver en que condiciones socioambientales se encontraban. Ellos fueron citados al igual que otras parejas que también habian aceptado la edad del niño.
Un día, un llamado les comunicó que habían sido ellos los elegidos para obtener la guarda. Fue ahí que comenzó la etapa de ilusión, de "vinculación", en la cual visitaban a Sebastián1 y paseaban con él para, de a poco, conocerse mutuamente.
El niño se encontraba en un hogar de "ama externa", casas de familia (a veces mujeres solas) que buscan reemplazar los institutos de menores. Estos hogares solicitan el cuidado de chicos que no tienen padres o que no pueden ser cuidados por ellos debido a las situaciones extremas en las que viven. Además de ser un trabajo y recibir dinero por ello, dedican todo su tiempo a cuidarlos, educarlos y formarlos dentro de un hogar. Sienten cada partida como la de un hijo propio, pero tienen la convicción que habrá otro niño en camino.
Sebastián ya iba al colegio. Convivía con sus amiguitos del hogar. Entonces comenzó a recibir la visita de sus actuales padres. Aprendió a extrañarlos, a necesitarlos, a quererlos para dejar de ser desconocidos y pasar a ser hijo, papá y mamá.
Ellos tuvieron que contarle a la psicóloga cómo había sido cada encuentro con Sebastián. Él a su vez les contaba a sus compañeritos sobre las personas que venían a buscarlo para pasear y que pronto serían su nueva familia.
Hace un año y medio que Sebastián se encuentra con ellos, y lo sucedido el primer día es ya un recuerdo inolvidable. Miriam y Carlos agradecen y agradeceran eternamente la educación y el cariño que recibió su hijo en el hogar donde pasó parte de su vida, parte de su infancia.
No todas las parejas tienen la posibilidad de adoptar tan rápidamente un niño. Hay que reconocer que la edad de Sebastián fue un elemento importante para que esto se diera así. Son entendibles las razones de las personas que no se animan a adoptar a un chico de más de cinco años porque quizás no quieren enfrentarse a un pasado incierto, una personalidad ya formada o poco dócil. La mayoría de las parejas desean chicos menores de seis meses. Sin embargo, el deseo de criar a un hijo y de brindarle amor, entre otras cosas, no será menor si el chiquito tiene seis, siete o diez años. Al contrario, quizás el reto sea mayor.
1 Los nombres de la familia fueron modificados para preservar su privacidad.
Artículo publicado en la revista "Vida Abundante", julio/agosto 2005. Año 2005. Número 4.